Hasta que se seque el Duero

Como somos animales de costumbres, hace tiempo que las cifras no parecen hacer efecto en casi nadie, especialmente, si son malas. Ahí radica la perversión de las estadísticas porque el sentir personal y el colectivo se protegen de la negatividad encogiéndose de hombros. Si a ello se añade la resignación, tenemos el caldo de cultivo para que todo siga igual, es decir, para que todo empeore de un modo tan paulatino que la mayoría de la gente no se da cuenta.

Es muy duro aceptar que el anterior párrafo refleje a la perfección la forma de pensar de muchas personas que viven en provincias como Zamora, Teruel u Orense, por aludir a diferentes comunidades autónomas. En cualquier caso, y a riesgo de que la reiteración le quite fuerza al argumento, no podemos resignarnos y pretendemos exponer una serie de cifras para espolear los ánimos, sobre todo de quienes tienen mano institucional para desatrancar la situación.

Si tomamos como referencia la tendencia a la despoblación y la realidad o, como lo llaman ahora, el ‘reto demográfico’ -que parece que ha calado hondo ese eufemismo- Zamora juega desde hace varias décadas en división de honor. Tomar nota de los datos que ofrece el Instituto Nacional de Estadística o del informe económico que elabora cada trimestre el Colegio de Economistas de Valladolid, Palencia y Zamora y tragar saliva es todo uno y es que nuestra provincia no llegaba a 171.000 -apenas 60.000, en la capital- habitantes a principios del año pasado, semanas antes de que se declarara la pandemia.

De esta forma, solo con las casi 1.900 personas que perdió en 2020, Zamora está claramente por debajo de 170.000 almas (un 1,16% menos a 1 de julio de 2020), con la media de edad más alta de España, casi 51 años, a la cabeza de un reducido grupo de provincias depauperadas, y con casi un 31% de mayores de 65 años, cinco puntos porcentuales por encima de la media de Castilla y León.

La tentación de analizar por enésima vez cómo hemos llegado a esta situación está ahí pero las críticas son estériles a estas alturas y ya no tiene sentido llorar sobre el cántaro roto y la leche derramada. De nada va a servir buscar culpables. La idea es fabricar otro cántaro o, mejor todavía, idear otra forma de transporte y diversificar el producto. Y, entretanto, reflexionar de una vez por todas sobre el modelo de país y el modelo de comunidad autónoma que queremos de verdad para poder ejecutarlo.

Lo que pasa es que resulta dificilísimo sacar fuerzas de flaqueza cuando la cuenta poblacional pierde en torno a 2.000 personas cada año, más del uno por ciento del total e, incluso, se produce una aparente tendencia a la baja, ya que determinados tramos parecen acercarse a su sima, sobre todo, en edades jóvenes. Ya se sabe: de seguir así, habrá un momento en el que, de facto, no quede en Zamora ningún joven que pretenda irse a buscar fuera sus oportunidades porque, sencillamente, no habrá jóvenes.

Solo con los datos demográficos, ya hay bastante para pensar en tirar la toalla porque, a partir de ellos, se desgrana todo un malévolo rosario de cifras que apuntan a una provincia que no llegará sana al fin de este siglo. Sin ir más lejos, más del 90 por ciento de los pueblos de Zamora tienen fecha demográfica de caducidad. Por eso, vemos de vez en cuando un reportaje en el que se valora el nacimiento de un bebé en el mundo rural.

Uno de los problemas que siempre coge a contrapié a propios y a extraños es que casi siete de cada diez personas ocupadas en Zamora corresponden a servicios, curiosamente, un punto y medio menos que la media autonómica y, en tiempos de coronavirus, el sector hostelero todavía está temblando, inmerso en una vorágine de pérdida de recursos y clientela y de sucesivas normas, cambios y adaptaciones, a la espera de que las vacunas y el buen tiempo ayuden a normalizar la situación.

Un vistazo rápido a esos números recuerdan a lo que siente el consumidor cuando le ofrecen en grande los precios sin IVA y, en un tipo mucho más pequeño, que hay que sumárselo para hallar la cifra final. Al final, solo se consigue que se miren los datos con recelo y con una calculadora en la mano.

Empresas

Por si todo este conglomerado fuera poco, el futuro de nuestra tierra queda ensombrecido por la gran cantidad de empresas que han echado el cierre desde que empezó la pandemia.

De hecho, de 2016 a 2020, el número de empresas en Zamora se redujo en 293 y la cifra del año pasado disminuyó un 1,21% respecto a 2019, hasta quedar en poco más de 11.400, aunque los 14 meses de pandemia han asestado un golpe mortal a muchos negocios, por lo que habrá todavía muchos cálculos que hacer.

El sector hotelero ha sufrido lo indecible, hasta el punto de que el número de establecimientos abiertos cayó casi el 44% en diciembre de 2020 respecto al año anterior y quedó en 48, mientras que el número de plazas se redujo todavía, quedando entonces en 1.647, casi un 47% menos, estadísticas remarcables, ya que el número de viajeros y de pernoctaciones se redujo más del 80%.

Como ocurre en buena parte de Castilla y León, más del 94% de las empresas zamoranas tienen menos de cinco trabajadores y más del 97%, menos de diez.

Después de exponer este cuadro tétrico, lo ideal sería ofrecer una batería de soluciones certeras y rápidas para paliar el despropósito que hemos recibido en herencia y que ha empeorado a ojos vista durante las dos últimas décadas para coger velocidad cuesta abajo con la pandemia pero dependemos de quienes tienen los recursos y las competencias.

Ante un contexto como el resumido en cifras, resignarse no es una opción. La sociedad puede hacer mucho más de lo que está haciendo y, si nuestros representantes públicos no se atreven a dar un puñetazo sobre la mesa en instancias nacionales, quizá habría que pensar en buscar políticos que se muevan con soltura en la alta política.

De entrada, seguimos esperando que el proyecto de Monte la Reina se transfigure de promesa a realidad y no dejaremos de recordar en donde proceda que el mismísimo presidente del Gobierno de España se comprometió a ello, con voz y mirada firme, durante un acto electoral en el Teatro Ramos Carrión.

Seguramente, ubicar una unidad del Ejército de Tierra en el antiguo campamento militar se ha convertido en el estandarte de las reivindicaciones zamoranas pero no olvidamos otros proyectos que también ayudarían decididamente a dinamizar la provincia y que siguen atascados en cualquier cajón digital, durmiendo el sueño de los justos o con un desarrollo deficiente e incompleto. Hablamos de la conversión de la carretera N-122 en autovía hasta Portugal, la implantación sin peros de una conexión de banda ancha a internet en el entorno rural y la agilización y simplificación de los trámites administrativos, entre otros.

Eso si: insistimos en el cumplimiento de los compromisos adquiridos. Los vamos a exigir hasta que se seque el río Duero. Y, después, seguiremos.

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