Zamora. Vista aérea

En unas circunstancias como las que vivimos, las preguntas surgen a borbotones y ningún experto en economía, sea micro o macro, puede responderlas de forma categórica, especialmente cuando, aunque parece que ha pasado una eternidad, tenemos tan tiernas las lacerantes quiebras que padecimos con la crisis financiera y económica de hace más de una década.

Ante la tragedia humana que hemos vivido y que seguimos viviendo y los enormes problemas económicos que lastran nuestro presente y nuestro futuro, buena parte de las esperanzas quedan depositadas en la ayuda procedente de la Unión Europea.

No hay informativo ni periódico que no hable insistentemente desde hace meses del fondo Next Generation EU, un fondo de recuperación que, por lo que se refiere a España, debería traer 140.000 millones de euros, contando transferencias no reembolsables y préstamos, presumiblemente, a partes iguales, para contribuir a salir del pozo al que nos ha conducido el coronavirus.

De esta forma, esa ingente cantidad de millones, que todavía no tenemos y que depende de muchos factores, permisos y controles por parte de la Unión Europea, podría financiar, desde este mismo año y para ejecutar durante un sexenio, una serie de proyectos orientados, sobre todo, hacia la transformación digital, la reindustrialización y las energías renovables.

La necesidad de esos fondos es imperiosa porque el drama de la economía española derivado de la pandemia no ha hecho más que empezar y un drama económico siempre conlleva muchísimos dramas personales y un intenso sufrimiento que, de no tomar cartas en el asunto, podría marcar también a la siguiente generación.

La cifra de 140.000 millones suena muy bien y seguro que el tejido empresarial lo agradecerá sobremanera. Es una oportunidad para impulsar un entramado que, en el caso de España y, particularmente, de Castilla y León y de Zamora, no va por buen camino, no solo por el proceso de despoblación y envejecimiento, sino también por el modelo productivo anquilosado y, en diversos frentes, con poca proyección y escaso valor añadido.

De lo que estamos hablando es de reformas estructurales, no de pequeños proyectos para cubrir el expediente. Se trata de responde con la máxima eficacia y celeridad a los retos que ha provocado la pandemia de coronavirus, que ha puesto de manifiesto nuestras tremendas debilidades.

Llegado este punto, hay que mencionar el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, del Gobierno de España. Por cierto, qué predilección tan extraña muestran los máximos responsables públicos por introducir palabras que el común de los mortales no va a interiorizar jamás. Está bien eso de ‘recuperar el estado inicial’ pero esperemos que la ‘resiliencia’ no se refiera a su propia etimología latina, de ‘resilire’, es decir, ‘saltar hacia atrás’ o ‘rebotar’.

Hay motivos para la preocupación, no solo por la situación que vivimos ahora mismo en el plano sanitario y económico, sino también por el futuro cercano. De ahí, la importancia capital de trabajar al unísono y de dejar atrás el cortoplacismo electoral y las estupideces diarias dedicadas a conseguir titulares y minutos audiovisuales para captar la mayor cantidad posible de fondos europeos de ayuda.
El problema que salta a la vista es que nadie parece tener una idea clara y certera de cómo hay que captar esos fondos porque ni siquiera podemos dar por cierto que nuestros gobernantes comprendan cuál es el objetivo real de Europa.

Hemos visto cómo la Administración autonómica sacaba pecho al remitir al Gobierno de España varios centenares de proyectos preparados por la Oficina de Castilla y León de Coordinación de Fondos de la Unión Europea bajo el título ‘Propuesta de biblioteca de proyectos de recuperación y resiliencia de Castilla y León’.

Se puede comprobar cómo se diluyen las ideas y cómo pasan los años de largo por proyectos que podrían ser interesantes que no terminan de cuajar, basta echar un vistazo a las reivindicaciones relacionadas con el 1,5% cultural en las que la provincia de Zamora se ve cada año a la cola.

¿Por qué no respondemos a las posibilidades que nos ofrece la Unión Europea con proyectos ambiciosos y tangibles? ¿No sería mucho mejor que lanzar un simple escopetazo de postas con pequeños proyectos, a ver si damos a una perdiz al azar con un perdigón?

Dicho de un modo concreto: ¿y si logramos, de una vez por todas, conseguir financiación para hacer del río Duero un eje de comunicación que impulse el futuro de toda su área de influencia? Dentro de un proyecto de semejante calado y que apuesta por generar efectos beneficiosos que se prolonguen en el tiempo y que abran nuevas vías de desarrollo ya entrarán las mejoras en infraestructuras, por ejemplo. Proyectos pequeños dirigidos a posibilitar uno de gran envergadura.

Para conseguir alcanzar los proyectos más ambiciosos es preciso ampliar las miras y contratar a las personas más expertas y capacitadas, de manera que quienes toman las decisiones estén asesorados de verdad y que se diseñe toda una jerarquía y un control para encaminar los pasos hacia ese fin.

Desde Zamora10, reivindicamos una visión mucho más amplia; mejor dicho, una visión global de la captación de fondos europeos y ello exige que el Gobierno de España, la Junta de Castilla y León, la Diputación de Zamora, el Ayuntamiento de Zamora y el sector privado hagan un frente común para evitar que el dinero termine perdiéndose en proyectos menores, que ni siquiera serán pan para hoy.

Algunos economistas contemporáneos, que todavía no han llegado a los 40 años, ya vierten tesis sobre cómo influyen determinadas políticas en asuntos capitales para nuestro presente y nuestro futuro, como en materia sanitaria, medio ambiente e igualdad social, lo que lleva directamente a la consabida secuencia ‘creación de riqueza-cuidado del tejido empresarial-creación de empleo’.

Hoy, más que nunca, la clave pasa por la economía real y, de momento, por la definición de grandes proyectos, sometidos a todos los controles y una transparencia intachable y, de un modo inmediato y urgente, por no dejar morir del todo a decenas de miles de empresas que, una vez cierren sus puertas, no podrán volver a abrirlas.

Da envidia ver cómo en países como Alemania y Francia, la reacción a favor de las empresas ha sido más rápida para intentar reducir el impacto socioeconómico de la crisis y una recesión duradera, mientras las dos facciones del Gobierno de España se perdían entre dimes y diretes, con la mirada puesta de reojo en unas elecciones que tampoco quedan tan lejos.

Lo cierto es que la Unión Europea no nos va a pasar ni una y va a pedir la aplicación de determinadas políticas fiscales, apuntalar de verdad el sistema sanitario, fortalecer el empleo con contratos indefinidos, fomentar la eficiencia energética y desarrollar muchísimo más la innovación, entre otras medidas.

No podemos consentir que, una vez haya terminado este proceso, nos demos cuenta de que las inversiones han sido cuantiosas pero fallidas y de que se ha cumplido el temor de que las grandes subvenciones no consiguen que un proyecto inútil deje de serlo.

Que nadie piense que va a llegar a Zamora un tráiler con remolque cargado de dinero y que va vaciar su carga en la Plaza Mayor para aliviar nuestros males. El dinero procedente de la Unión Europea solo financiará proyectos maduros, precisos y, en ningún caso, al cien por cien, ya que tendrán que contar con inversión pública y privada. Hablamos de proyectos reales, tangibles, sostenibles y ambiciosos en cuanto a su ámbito territorial y a su proyección en el tiempo.

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