Los grandes cambios suelen ser traumáticos, a menudo se resuelven mediante conflictos fratricidas, litigios sangrientos entre las fuerzas que se aferran a su poder tradicional y quienes aspiran a arrebatárselo. Durante el siglo XIX sucedió en Estados Unidos, un país joven que dirimió sus contradicciones en la terrible Guerra de Secesión, y también en España, una nación vieja que reorientó su rumbo a través de las feroces guerras carlistas. En ambos casos triunfaron el emergente capitalismo y la burguesía urbana, ambiciosa, especuladora, sin pedigrí, pero ávida de oportunidades, liderazgo y reconocimiento.

Esta última amalgamó los intereses generales y propios con desvergonzada naturalidad: los grandes proyectos para el desarrollo de España posibilitaron extraordinarios beneficios privados. Un ejemplo fue la expansión del ferrocarril a lo largo del territorio, que movilizó enormes inversiones y amasó colosales fortunas. Ciudades antes remotas, sumidas en un letargo crónico, revivieron gracias al tren. Zamora fue una de ellas.


Primera locomotora de España (De Manuel Garbayo Moreno vía Wikimedia Commons)

La prosperidad recién recuperada engrosó patrimonios de toda la vida y posibilitó también la aparición de nuevos ricos. Todos quisieron transmitir su éxito, divulgar su triunfo, y eligieron un medio tan vistoso como confortable para hacerlo: sus mismas viviendas. Para crearlas, acudieron a la mejor cantera de arquitectos de la época: Barcelona . En pocos años, aquella pequeña capital que presumía de tener veintidós iglesias románicas se llenó de excitantes edificios modernistas, el movimiento arquitectónico del momento. Algunos de esos inmuebles los proyectaron arquitectos castellanos, como Gregorio Pérez-Arribas, Segundo Viloria o Miguel Mathet Coloma. Sin embargo, el indiscutido apóstol del modernismo en Zamora fue el catalán Francesc Ferriol i Carreras (1871-1946).


Castell dels Tres Dragons, Barcelona (Enfo vía Wikimedia Commons)

Hijo de carpintero, Ferriol se licenció en la Escuela de Arquitectura de la Ciudad Condal en 1894. Cuando se tituló ya había colaborado con el estudio de Lluís Domènech i Montaner en la reforma del seminario de Comillas (Cantabria) y, sobre todo, en la transformación del Castell dels Tres Dragons, el café-restaurante creado en el parque de la Ciutadella para la Exposición Universal de 1888 que se reconvirtió en Museo Municipal de Historia.

El mismo año de licenciarse, 1894, el novel y prometedor arquitecto dirigió su primer proyecto, un edificio de seis plantas en la calle Borrell para el promotor Joan Veinet. Un año después impulsó otro proyecto para el mismo promotor, este en la calle Urgell. Pronto se sumaría un tercer proyecto, este en el número 30 de la calle Diputació, para el promotor Emili Batlle. La carrera barcelonesa de Ferriol iba viento en popa, cuando un suceso familiar truncó su proyección: el nacimiento de un hijo con una importante minusvalía psíquica. Esa circunstancia alteró los planteamientos del arquitecto, quien abandonó el lucrativo pero incierto ejercicio independiente de su profesión y emprendió la búsqueda de una plaza en alguna administración.


Casa en la calle París, 202, de Barcelona del arquitecto Francesc Ferriol i Carreras (Google Maps)

Ferriol concursó en diversas localidades españolas, hasta la obtención del puesto de arquitecto municipal de Zamora en 1907. Permanecería ocho años en la ciudad leonesa, hasta 1816, período durante el que se levantaron la mayor parte de los edificios modernistas locales. Para su construcción confluyeron cuatro factores: el preocupante envejecimiento del casco urbano local; un Ayuntamiento consciente de la necesidad de renovación y saneamiento; la existencia de una burguesía dispuesta a involucrarse en esos cambios; y la presencia de un arquitecto municipal capacitado para liderar el proceso.

Muchos edificios fueron abatidos para levantar otros más acordes con los nuevos tiempos. Ferriol proyectó total o parcialmente una veintena de inmuebles en Zamora, de los que perviven más de la mitad. El primer año, 1908, ya firmó varios proyectos: las casas de Gregorio Prada (c/ Quebrantahuesos, 1), de Crisanto Aguilar (plaza del Mercado, 6) o de Mariano López (c/ Balborraz, 4), así como el edificio del número 2 de la calle Traviesa, cuyos vistosos miradores remata una cúpula escamada. Ese mismo año 1908, Ferriol diseñó la forja para los balcones de la Casa Martín de Horna (c/ San Pablo, 4), un trabajo lleno de líneas curvas y con motivos florales en varios colores.


Casa de Crisanto Aguilar en Zamora (Google Maps)

El modernismo zamorano se caracterizó por la abundancia de líneas curvas en los edificios, la combinación de distintos materiales, los contrastes de color, la renuncia a la simetría en las fachadas, y por el gusto hacia los detalles ornamentales de inspiración animal o vegetal. Ferriol puso su llamativa minuciosidad, y su talento compositivo y decorativo al servicio de esos rasgos.


Balcones de la casa Martín de Horna, Zamora (Google Maps)

En 1909 se construyó el nuevo Laboratorio Municipal, un edificio de planta rectangular del que solo se conservan las fachadas originales. En ellas destacan las esbeltas ventanas, con columnas de piedra arenisca que dividen el vano.

El año siguiente, 1910, Ferriol dirigió las obras de la casa Montero (c/ Madre Bonifacio Rodríguez, 6), con su fachada de ladrillo visto; la casa de Juan Gato (c/ Ramón Álvarez, 1), con una línea de cuatro miradores en el chaflán; y la casa de Faustina Leirado (c/ Balborraz, 3), con cuatro plantas de miradores que se aparejan de manera original.


Casa de Mariano López es la de más a la izquierda, Zamora (Google Maps)

A pesar de la belleza y solvencia de sus proyectos zamoranos, Ferriol nunca tuvo libertad absoluta para llevarlos a cabo. El motivo no fue tanto la renuencia de las élites locales, sino las limitaciones de la ciudad, cuya disponibilidad de materiales era menor que la de otros lugares del Estado. Por otra parte, la mayoría de los proyectos se asociaban a solares pequeños e irregulares, muy condicionados por el espacio disponible. Muchos de los trabajos fueron auténticos desafíos que forzaron a Ferriol a extremar su ingenio. Como contrapartida, el arquitecto concentró la mayor parte de su esfuerzo en las fachadas de los edificios, sin prestar demasiada atención a los interiores.

Los años siguientes, Ferriol siguió embelleciendo Zamora con nuevas construcciones: la casa de Valentín Matilla (c/ Santa Clara, 31), cuyo excelente portal modernista es el único de Ferriol que pervive en Zamora; el cierre del jardín de la Casa de Miguel Hervella (plaza San Martín), realizado en 1911; la casa Tejedor (Ronda de la Feria, 1), en el que el arquitecto recurre al escalonamiento de los balcones; o la casa de Norberto Macho (plaza de Sagasta, 3), cuyas tres líneas de miradores estás flanqueadas por balcones con bellos motivos florales.


Casa de Norberto Macho en Zamora (GFreihalter vía Wikimedia Commons)

La misma circunstancia que llevó a Ferriol a Zamora impidió su integración en la sociedad local. Su familia residió la mayor parte del tiempo en Barcelona, donde pasaban consulta los mejores médicos especialistas del momento, y adonde él regresaba cada vez que un permiso laboral o una vacación lo posibilitaban. Su trato con las élites zamoranas fue estrictamente profesional. Sin faltar nunca a la corrección y el respeto, apenas entabló amistades profundas en la ciudad.

Cuando acabó su compromiso zamorano, el arquitecto se trasladó a Cádiz, donde apenas permaneció un mes: su nombramiento como arquitecto de la Cámara Oficial de la Propiedad Urbana de Barcelona posibilitó su regreso a la Ciudad Condal en el verano de 1916, donde ya permanecería hasta su fallecimiento 30 años después, en 1946. A lo largo de esas décadas dirigió la construcción de algunos inmuebles con una estética más próxima al novecentismo que al modernismo, pero la mayor parte de su tiempo lo dedicó a la asesoría técnica y legal.

Desde 2010, la ciudad de Zamora forma parte de la Ruta Europea del modernismo , la organización que agrupa a ciudades e instituciones vinculadas a ese estilo arquitectónico.

Fuente: La Vanguardia

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